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El Año del Jubileo en las escrituras
Al explicar a los fieles el significado y los valores del "año santo", se suele hacer referencia a la institución del año jubilar del pueblo de Israel. Según el Levítico, cada cincuenta años, el año inmediatamente posterior a las "siete semanas de años" (Lv. 25,8), era algo similar al gran año sabático: las tierras debían reposar, es decir, permanecían sin cultivar, los propietarios recobraban sus campos y sus casas; los esclavos eran liberados y los deudores no solventes gozaban de la condonación de sus deudas.
La institución del "Año Jubilar" se inspiraba en principios de justicia social y era una llamada a volver a los orígenes de Israel, cuando la tierra prometida había sido dividida entre las doce tribus (cf. Is 13-2 1): la tierra, que pertenece a Dios, no podía ser cedida totalmente; la distribución inicial del país no podía ser abolida por la acumulación de la propiedad de tierra en manos de unos pocos; los israelitas, liberados por Dios de la esclavitud de Egipto, no podían ser esclavos de los patronos de los terrenos.
La celebración del "año santo" es también una llamada al "año de gracia", inaugurado por Jesús en la sinagoga de Nazaret (cf. Lc4.16-20) y al año de misericordia, que el viñador pidió al patrón de la viña, esperando que la higuera estéril diera frutos (cf. Lc. 13.5-9).
En efecto, Jesús es el Mesías, el Ungido del Señor, que, según las palabras proféticas ha sido enviado "a anunciar la buena nueva a los pobres y a pregonar año de gracia", (Lc 4.18-19: cf. Is 61.1-2).
Jesús también es, evidentemente, el viñador de la parábola que pidió al dueño -el Padre rico en misericordia (cf. Ef 2,4)- un "año de misericordia", esperando que la higuera estéril, el hombre infiel a la Alianza, dé frutos de santidad y de justicia.
El año 2000, caracterizado per el gran signo del aniversario bimilenario del nacimiento del Mesías Salvador, es ese "año de gracia", y ese "año de misericordia", que, de forma siempre actual, llama al ser humano a escoger la buena nueva y a convertirse a Dios. Si no se acoge la Palabra y no hay conversión, no habrá en verdad ni año de gracia, ni año de misericordia, ni año jubilar.
EL 2000 MARCADO POR LA FIGURA FEMENINA DE MARIA
En el acontecimiento conmemorativo del Gran Jubileo del Año 2000 -la encarnación del Verbo y el nacimiento de Cristo- María de Nazaret ha desempeñado un papel esencial: en la encarnación acogió en nombre y representación de su pueblo y de la humanidad al Hijo de Dios; en el parto lo dio a luz, lo presentó al mundo, y se puso al servicio de la obra salvadora de Cristo. La carta Tertio Millennio Adveniente habla de ello repetidamente y observa que la afirmación de la centralidad de Cristo no puede, por tanto, separarse del reconocimiento del papel desempeñado por su santísima Madre, (no. 43).
Para destacar en forma adecuada el papel de la Madre del Salvador, no hay otra más sencilla y mejor que celebrar, con la debida atención y según el ritmo del año litúrgico, las fiestas de la bienaventurada Virgen María que tienen una relación más íntima con el misterio de la encarnación del Verbo y del nacimiento de Cristo en la perspectiva de este año jubilar. Así pues, por la unión indisoluble del Verbo divino y de la Virgen, que queda de manifiesto precisamente en el misterio de Natalis Domini, el gran Jubileo de Cristo se transformará espontáneamente también en el Jubileo de su Madre.
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